LA PROMESA DE UN PRIMER ENCUENTRO... LA PROMESA DE UN PRIMER ENCUENTRO...

 

MARÍA EUGENIA DÍAZ

 

 

«La mujer que iba a morir

 se llamaba Hortensia...»

La voz dormida de DULCE CHACÓN,

Alfaguara, 2002.

 

 

Me lo había prometido. El encuentro sería en primavera, la ciudad es siempre hermosa en esa fecha, luce con un brillo especial. Su perenne color grisáceo se desvanece, la luminosa luz del sol atraviesa la triste piedra... atraviesa el corazón de los edificios y llega hasta el de los hombres.

 

Me lo había prometido. Ella era como su nombre, lo envolvía todo con su dulzura y generosidad. Sus palabras cautivaban, la melodía de su voz también era como su nombre, en ella perduraban suaves aspiraciones (a pesar del exilio voluntario).

 

Me lo había prometido. Nuestro primer y último encuentro personal fue impactante e inolvidable. Aún no le había dado tiempo a sacudirse el polvo de las calles de Bagdad, no había conseguido secarse las lágrimas del corazón, su alma seguía en aquella ciudad desolada. Hablamos de poesía, de su compromiso con las mujeres, de la voz dormida de las mujeres de la guerra civil española que ella había conseguido despertar... e, incluso, no pudimos evitar hablar de la guerra que había conmocionado al país, de esa guerra que ella había contemplado con sus propios ojos, junto a un grupo de valientes mujeres españolas.

 

Me lo había prometido. Yo quería que ella tuviera un encuentro con mis alumnos, que les leyera sus poesías, que les hablara de las horas que pasó con las mujeres que tanto callaron y que tenían tanto que decir, que explicara la valentía del silencio, que nos transmitiera los olores de las calles de Bagdad, que nos enseñara su dulzura. Quería que nos transmitiera su pasión por la vida, la pasión que nos lleva a disfrutar del día a día, incluso cuando paseamos por un camino cubierto de espinas, la pasión que nos ayuda a seguir luchando. Y ella dijo que sí, aceptó mi humilde proposición, le gustaba estar cerca de las personas y conversar. Su promesa quedó grabada para siempre en mi corazón y en la dedicatoria que firmó en mi ejemplar de Blanca vuela mañana: «A María Eugenia, con mi amistad y mi cariño. Nos veremos en Oporto. Dulce. Febrero, 2003».

 

Me lo había prometido... pero no pudo cumplir su promesa. La primavera portuense tendrá flores, tendrá luz, pero no tendrá “dulzura”. La mujer de la eterna sonrisa, la mujer que iba a morir, se llamaba Dulce Chacón. Conocerla fue un privilegio. Ahora se nos ha ido, pero siempre nos quedará su voz, que hoy, más que nunca, sigue despierta. Y sus libros.

 

Murió como vivió, con una sonrisa en los labios.

 

 

 

MATAR AL ÁNGEL

 

DULCE CHACÓN (1999)

 

 

No servirá que encuentres

en un día de carnaval y luto

palabras

disfrazadas de disfraces

para este dolor.

Nuestra derrota la anuncian

los trinos:

entre cipreses

dormirá

entre cipreses

que no le ven dormir.

Certeza

de un sueño inacabado

y triste.

 

 

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